sábado, 29 de agosto de 2009

DE LA GRANDEZA DEL ESPÍRITU HUMANO (AL EJEMPLO DE LOS ANTIGUOS)

(A mi preciosa y querida sobrina, Raquel
en quien reconozco la belleza de la adolescencia
y el fogoso esplendor de la vida misma,
esperando que estas palabras le terminen por ayudar
a encontrar -algún día- una nueva forma de mirar el mundo
y un camino para descubrir la magia
y la fuerza que habita en su interior)


“Anime belle e di virtude amiche
terrano il mondo, e poi vedrem lui farsi
aureo tutto e pien de l’opre antiche”

“Almas bellas y amigas de la virtud
poblarán el mundo, y luego veremos hacerse
todo aúreo y lleno de las obras antiguas”

Francesco Petrarca (1304-1374)


Sé muy bien que, por mucho que me esfuerce, comparado con esos genios y maestros del Renacimiento -junto a los que tan profundamente me he emocionado en los últimos posts-, tan solo soy una tenue sombra. Ni hace falta que alguien me tenga que recordar lo humilde de mis realizaciones, cuyo recuerdo se extinguirá al poco de yo desaparecer.

Reconozco también que mi talento es tan limitado como lo son mis obras -justa proporción de mi abreviada humanidad- Por eso, cuando leo a estos doctores del saber, mi asombro crece hasta la pura emoción; mi júbilo se desborda; y mi entusiasmo reclama de este inquieto espíritu mío una entrega incondicional. Ciertamente, mis modestas posibilidades jamás serán motivo de dejación y abandono, sino de empeño y tesón.

Siendo buen conocedor de todas mis ciertas limitaciones -que ni me ofenden, ni me molestan, ni me estorban-, y aceptando con exaltado orgullo el ardor y la sabiduría de esos maestros en el arte de vivir con dignidad –majestuoso arte que me motiva y me complace-, no me puedo permitir el lujo de permanecer ajeno a los elevados empeños que les inspiraron en vida, reflejo de esa sagrada llama que habita nuestro pecho… que arde y se consume en nuestros mejores ideales y en nuestros más ansiados sueños… que inflama nuestros actos, pletóricos de certidumbre y osadía… De esa llama, sí… Y de esa voz interior apenas perceptible bajo el bullicio de nuestros quehaceres ordinarios… Esa voz que nos acerca a ese otro yo –que también somos nosotros- en el que las magnas obras son el fruto seguro y necesario del esfuerzo que recorre toda nuestra vida.

Soy consciente de mi osadía que, tal vez, ofenda a quien se acerca hasta estas líneas. Pero este empeño en crecer por encima de mi escaso talento no está motivado en la necesidad de compararme, igualarme o aventajar a los antiguos. Tampoco me motiva el deseo de convertirme en referencia o ejemplo de mis contemporáneos -pretensiones inútiles de por sí-. Si acaso, me mueve la necesidad de hacer una humilde contribución a ese gran ideal, compartido con ellos, de hacer del ser humano -de mí mismo- un ser intelectual y moralmente más digno. Es nuestro deber vivir a la altura de las capacidades que recibimos al nacer y de la libertad de elección que se nos otorgó -también de hacer el bien o el mal-.

Si se me permite esta pequeña vanidad, debo reconocer que mis actos y mi voluntad también son víctimas de una sana e irresistible atracción por la belleza en cualquiera de sus manifestaciones. Tal vez por creer que todo lo bueno y majestuoso es obligadamente bello.

Con los argumentos aquí esgrimidos, doy por justificada mi osadía, que no se razona por una vana necesidad de gloria sino por una firme creencia en la grandeza del espíritu humano, mucho más allá de lo demostrado hasta ahora… Mucho más elevado si aceptamos que el término humano es sinónimo de recto y ético proceder.

En este noble afán doy razón de mi misma existencia. Y en estas páginas, en todos mis escritos y en todas mis obras (¡a pesar de todo, tantas veces erradas!) doy sentido y cauce a mi fe y a mi destino.

Emilio M.
Homo Novus


“«Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme».
Está firme tanto para la adversidad como para la prosperidad,
se mantiene firme tanto para las cosas humildes
como para las más elevadas”

San Bernardo (1091-1153)

domingo, 16 de agosto de 2009

RENACIMIENTO: ¿UN SUEÑO DESMENTIDO? (SEGUNDA PARTE)


“Un gran milagro es el hombre...”

“Magnum miraculum est homo...”

Giovanni Pico della Mirandola (1463 – 1494)




No es de extrañar que estos hombres de los que estamos hablando se pusieran metas extraordinariamente exigentes. El entusiasmo es una droga con efectos secundarios, y el exceso de optimismo -o el exceso de confianza- se encuentran entre ellos. No debe olvidarse que el Renacimiento fue un movimiento culto, protagonizado por un grupo reducido de personas, y seguido de forma muy limitada por sus contemporáneos, que prácticamente continuaban viviendo en la Edad Media. Por esta razón, fuera de las elites que vivieron el Renacimiento como tal, la participación de la sociedad fue escasa y nunca se produjo un movimiento de masas. Tampoco hubo un gran cambio de mentalidad en la sociedad y en el ser humano de la época.


En otras palabras, el alcance de los cambios que consiguió el hombre renacentista fue siempre limitado, al contrario que la fe y el entusiasmo que puso en ello. Coincido totalmente con Rafael Argullol en la existencia de ese desaliento, el “del despertar tras un sueño desmentido”. Era el desaliento de quien se había propuesto revolucionar el mundo y, al final, se encontraba con un mundo que vivía de espaldas a sus realizaciones. Nada más humano y comprensible desalentarse…


Sin embargo, estamos obligados a mirar la historia con perspectiva y capacidad de penetración. Si lo hacemos así, sacaremos dos conclusiones muy enriquecedoras:

La primera conclusión es que los logros alcanzados, aún tardando mucho tiempo en ser asimilados por la sociedad, fueron enormes y duraderos. No solo hubo una revolución en el arte, la arquitectura, la ciencia… también la hubo -y esto es mucho más importante- en la mentalidad, aunque este cambio fuera más lento y progresivo. A partir de entonces, el ser humano renovado que proyectó el Renacimiento, se constituyó en referente de cualquier renacimiento, del espíritu positivo y de la energía inagotable. Y su ejemplo perdurará por los siglos de los siglos…

La segunda conclusión es que cualquier revolución -cualquier renacimiento- que afecte a la mentalidad del tejido social (valores, aspiraciones, gustos, visiones…), requiere del derroche de una energía extraordinaria en pos de unas metas -casi- imposibles. Y todo ello para conseguir unos resultados que solo fructificarán limitada y lentamente.

Es cierto que los grandes cambios sociales (los que afectan al conjunto de la sociedad) solo se producen lentamente y después de superar grandísimos escollos, especialmente los que se refieren a nuestro natural conservadurismo, escepticismo y falta de interés. Por así decirlo, quien este motivado en revolucionar el lento avance del devenir humano, debe plantearse lanzar la escala a treinta metros de altura para conseguir asegurarla a diez modestos metros.

Las realizaciones del ser humano en el Renacimiento fueron sencillamente extraordinarias. Extraordinarias por lo conseguido en la propia época y extraordinarias por la semilla tan fecunda que sembraron o el ejemplo imborrable que dieron. Simplemente, iniciaron un giro que por muy modesto que se pueda considerar, cambio el mundo a mejor.

Tal vez, los protagonistas del Quattrocento italiano sintieron ese desaliento por el sueño desmentido, y fue así porque usaron una vara descomunalmente alargada para medir sus realizaciones. Pero si tomamos como marco de referencia el bien que hicieron a la humanidad, solo podemos estar orgullos y alegres por esos extraordinarios seres humanos.

Ellos ciertamente son la base de la confianza que siento por mí mismo, por el mundo en el que vivimos y por la posibilidad cierta de que precisamente este mundo vuelva a dar un giro que mejore aspectos como el respeto a la naturaleza y a todos los seres vivos o la solidaridad y la cooperación entre todos los pueblos. Por ellos siento un exacerbado orgullo y un agradecimiento sin límites. Un orgullo que me hace iniciar confiado el día, que me permite caminar altivo allá por donde paso y que me motiva a contagiar mi entusiasmo y una sana ambición sin límites a cualquiera que encuentro a mí alrededor.

Cualquier cosa que nos propongamos es posible… aunque nosotros no seamos los primeros en conseguirlo… Lo que siempre podremos hacer es marcar el buen camino. En eso estamos…

Emilio M.
Homo Novus

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martes, 4 de agosto de 2009

RENACIMIENTO: ¿UN SUEÑO DESMENTIDO? (PRIMERA PARTE)

“No posee el total hábito
sino quien se halla en lo extremo
del arte y de la vida”

“Non ha l`habito intero
prima alcun, c’ha l’estremo
dell’arte et Della vita”

Michelangelo Buonarroti (Miguel Ángel) (1475-1564)




“La extraordinaria energía del Quattrocento todavía se extendería hacia los primeros decenios del siglo siguiente [en referencia al siglo XV] e, incluso, culminará en los proyectos de Leonardo [da Vinci] y Miguel Ángel [Buonarroti], pero incrustada en esta energía -y, a veces, por una fecunda paradoja, fructificándola- late, cada vez con más violencia, el desaliento del despertar tras un sueño desmentido.”

“El Quattrocento, arte y cultura del Renacimiento italiano”
Rafael Argullol


He leído en el excelente libro de Rafael Argullol este comentario que, más allá de su gran acierto, merece ser objeto de una serie de consideraciones para mantener una visión especialmente positiva de aquella época extraordinaria que vivió la península italiana y, especialmente, la República de Florencia.

Lo primero que debo confirmar es que aquella época fue, ante todo, un periodo en el que se revolucionó el pensamiento -la forma en que el ser humano asumía su humanidad- y que se desplegó una descomunal energía creativa a todos los niveles. Bien es cierto que no ocurrió en todas las capas de la población, y que fue un fenómeno asociado a los sectores más cultos de la población. Pero esto no nos debe extrañar pues todos los movimientos innovadores prenden inicialmente en grupos reducidos y de gran iniciativa. Lo más importante siempre es el legado que dejan y, en este caso, su herencia es sencillamente deslumbrante…

Este inagotable y excedido derroche de energía fue motivado -como no podía ser de otra manera- por el entusiasmo. Un entusiasmo sin límites fruto de la seguridad derivada de su creencia en que habían recuperado la senda perdida del conocimiento, del arte, de la belleza, de la ética y de otras muchas más cosas. Y creían que lo habían conseguido después de un periodo en el cual la cultura había ido en retroceso y se había enquistado en planteamientos tan rígidos como oscuros y poco útiles e ingratos.

El hombre del Renacimiento lo era precisamente por ser consciente del renacer de la cultura hacia formas más humanas, fructíferas y gozosas., a la vez que perfeccionadas. Tal fue su fe y su entusiasmo -su certidumbre y su confianza-. Y creyó ser capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera, incluso la perfección de todo lo que iniciara (basta echar un vistazo a los escritos de, por ejemplo, León Battista Alberti -1404 a 1472-). De esta manera, el inspirado hombre del Renacimiento hizo del ser humano el centro del universo, sin necesidad de excluir a Dios de su cosmovisión, pero creyendo que todo debía estar a su servicio: para su bien espiritual y para su provecho material. Un ser humano no solo confiado, también optimista, positivo, curioso, preocupado, moralmente comprometido con su mundo, creativo, exuberante, apasionado…. ¡y tremendamente apasionante…!

Realmente, los protagonistas del Renacimiento italiano eran conscientes de que estaban viviendo y protagonizando un momento histórico excepcional. Y su contagiosa excitación era tal que se pusieron unas metas que no sé si calificar de inalcanzables, pero que -es seguro- resultaban extraordinariamente exigentes. Eso les hizo gigantes… y eso nos sigue cautivando y apasionando aún hoy…

¿Ciertamente fue todo aquello un sueño desmentido…? Segunda parte

Emilio M.
Homo Novus

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