sábado, 11 de julio de 2009

FLORENCIA. EL ESPÍRITU DEL RENACIMIENTO (Y UN HECHO ASOMBROSO…)

"Nuestra ignorancia se mide, no tanto en lo que no sabemos,
sino en lo que no hacemos por saber"

Suri, Il trovatore



Traigo aquí unos párrafos de dos renacentistas hablando sobre algún aspecto de su época. Destaca por encima de todo, su entusiasmo y su confianza. Poseen –e irradian- un espíritu positivo, un gran deseo de aprender y una suprema predilección por crear, tal y como corresponde al hombre renacentista, que se siente protagonista de su sagrada vida.


“Crece en ti [en la Florencia del siglo XV] una juventud fecunda cultivadora del docto hablar, una multitud expertísima en derecha, que goza en el foro, que es hábil para determinar la medida de lo que es justo, para resolver las dificultades de las leyes. Algunos indagan las causas de las cosas, y los misterios escondidos a los ojos de los hombres. En ellos, en alto discurso, resuena continuamente Platón, y el sublime escolar del pensamiento. Añádele las artes innumerables, presididas por el alto Apolo, que Palas concede generosamente como dones, y que desde pueblos lejanos vienen a admirar y a investigar.”

“Florentía”
Pandolfo Collenuccio (1444-1504)

“Los espíritus superiores, ya desde el inicio [desde su nacimiento] o desde muy poco después, fueron lo que serán por los siglos de los siglos. En el hombre naciente, el padre coloca semillas de todas las especies y gérmenes de toda vida. Y, según como cada cual las cultive, crecerán y darán en él sus frutos.”

“Commentationes”
Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494)

¡Asombroso…!

Me asombra este comentario de Pico de la Mirandola: “el padre coloca semillas de todas las especies”. Tal y como ha descubierto la ciencia moderna (y, por lo tanto, era ignorado en aquella temprana época) en nuestro ADN encontramos el código genético de todos las especies que nos precedieron en la escala evolutiva desde sus orígenes. El genoma humano consta de unos 3.100 millones de pares de bases en el total de sus 23 cromosomas acumulados desde el primer ser vivo. La inmensa mayoría de estas bases no codifica proteínas porque no sirve para hacer de nosotros el ser vivo que concretamente somos. Esta “basura” genética es, precisamente la herencia no usada de los seres vivos de los que procedemos, aunque hay otra gran parte del pequeño resto que si nos es útil. Por último, solo una ínfima parte del código genético nos diferencia del resto de seres vivos, más o menos en función del lugar ocupado en la escala evolutiva. Llevamos, pues, la semilla de todas las especies, como bien intuyó Pico de la Mirandola ¡cinco siglos antes…! Extraordinario…

¡Maravilloso mundo lleno de secretos por descubrir y recrear…! ¡Admirable legado por redescubrir en todos aquellos que nos precedieron…!

Emilio M.
Homo Novus


Robin Speilberg – Canon (Johann Pachelbel)
(por sounds08)


domingo, 21 de junio de 2009

HOMO NOVUS. EL ESPÍRITU DEL RENACIMIENTO (UNA JUSTIFICADAMENTE LARGA INTRODUCCIÓN)


"Te he puesto en el centro del mundo para que puedas mirar más fácilmente a tu alrededor y veas todo lo que contiene. No te he creado ni celestial ni terreno, ni mortal ni inmortal, para que seas libre educador y señor de ti mismo, y te des por ti mismo tu propia forma. Tú puedes degenerar hasta el bruto o, en libre elección, regenerarte hasta lo divino. Sólo tú tienes un desarrollo que depende de tu voluntad y engendras en ti los gérmenes de toda vida"

Discurso sobre la dignidad del hombre
Giovanni Pico della Mirandola

Si bien el término “Homo Novus” (también “Homus Novus”), en su significado original hacía referencia a los nuevos senadores romanos que no procedían de las más antiguas y nobles familias patricias, así como a los artistas y pensadores del renacimiento que se hacían un hueco entre la nobleza de las repúblicas italianas, en esta casa se va a utilizar en su sentido mucho más abierto y positivo, que difiere bastante de ese otro más literal.

Leonardo da Vinci - Testa di Giovinetta
De esta manera, en esta casa, el término “Homo Novus” definirá el espíritu renacentista -un tanto idealizado- del hombre renovado que, en su más elevada formulación, confía en sí mismo, tiene una fe ilimitada en sus posibilidades de conocer el mundo, de interpretarlo y de adaptarlo para su personal disfrute. Ese mismo ser humano que cree tanto en su razón como en su instinto, que no encuentra límite en su pasión por conocer, que ama la belleza deleitándose sin ruborizarse, que se entrega sin pudor al descubrimiento y a la creación. Un ser humano que respeta a su Díos, pero que no vive atemorizado por su presencia, que hace del mundo el escenario donde desarrollar sin tutela sus capacidades, que no se doblega ante nada sino que se enciende para hacer del genio creador su mayor baluarte. Un ser humano tan humildemente humano como sus antecesores -de los que no se siente diferente- pero que no se resigna a hacer de sus debilidades el yugo en el que expiar sus culpas o apagar su ingenio. Un ser humano fogoso, que difícilmente mide su fuerza y las consecuencias de sus actos, pero cuyo desbordado optimismo y su responsable intención le permite confiar en un futuro de progreso sin límites en el que se irán superando todas las dificultades a medida que se presenten. Es, en definitiva, una visión humanista del mundo y del propio hombre (y soy consciente de la ambigüedad del propio término “humanista”). Es el mío -en cierta forma- un nuevo regreso al antiguo saber, al saber de los clásicos, al afán y a la disposición hacia el conocimiento de aquellos que se llamaron a sí mismos “amantes del saber” (filósofos).

Desde aquella época de rupturas -más o menos veladas- resulta incuestionable el gran avance que se ha dado en esas ciencias que podemos llamar “físicas” (este es el gran legado de aquella reinvención del ser humano). También podemos comprobar como se han producido grandes desarrollos en todas las manifestaciones en el mundo de las artes y de las letras.

Sin embargo, es en la ética -en el terreno de la conducta humana y, de forma más amplia y calificada, en el arte del buen vivir- donde se echa de menos un mayor y mejor desarrollo del ser humano, de forma más palpable en su faceta social y de convivencia. Es como si esta parcela del ser humano no hubiera madurado paralelamente a las de esos otros ámbitos de lo humano aquí mencionados. En estos terrenos –en los de la ética y en el del arte del buen vivir-, la necesidad de mejora resulta crucial y las posibilidades de progreso abrumadoras, por muy difícil que resulte cambiar nuestros patrones de conducta. Y aunque no creo en las utopías me serviré de ellas, pues necesitamos plantearnos saltos infinitos para conseguir dar un mísero y solitario paso hacia adelante.

En esta casa que ahora empiezo a construir, voy a tratar -desde un planteamiento eminentemente práctico- del “Homo Novus”, del ser humano renovado, del ser humano que precisa mejorar porque está en juego hasta su propia supervivencia. Y es que creo que debemos replantearnos nuestra existencia para hacer de nuestra vida y de nuestro mundo algo sustancialmente mejor. No es que haya que tirar todo lo anterior por la borda -que no-, es que debemos retomar los provechosos caminos iniciados por “los antiguos”.

Mi mirada, será necesaria y ferozmente crítica, pero siempre positiva y optimista. Y, aunque no obviaré ese sinfín de debilidades que nos habitan, mi aportación se hará desde la alegría y desde la pasión por la vida… por esta vida y este mundo que tanto amo. Precisamente, esa disposición confiada, positiva, optimista y alegre es la única base sobre la que podremos construir un ser humano -un mundo- mejor. Para ello me doto de las mejores armas, que son el afecto y la alegría (vaya mi recuerdo emocionado por el filósofo de la amistad: Epicuro).

Inicio hoy este difícil e incierto recorrido, consciente de sus grandes dificultades y del desgaste que puede suponer.

Emilio Muñoz
Homo Novus

“Nuestra grandeza -y la grandeza de nuestro mundo-
se mide en la ambición de nuestros ideales
y en la exigencia con que nos entregamos a conseguirlos.
La grandeza de esos periodos de la historia
que tanto admiramos reside en la grandeza
de los hombres y mujeres que los protagonizaron”

Emilio Muñoz

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