En pos de una humanidad renacida y feliz, que haga de la alegría y de la buena voluntad sus señas de identidad, que enfrente con optimismo, energía y confianza su futuro.
“La rebelión y sólo la rebelión es creadora de luz,
y esa luz no puede tomar más que tres caminos:
la poesía, la libertad y el amor.”
André Breton (1896 – 1966)
Solo se puede ser rebelde por principios.
La rebeldía como manifestación estética (esa rebeldía, más extendida entre los jóvenes, que realmente es su antítesis) desemboca en el consumismo más alienante.
Y aquella que no está sólidamente fundamentada en nobles valores no soporta la presión de ir contracorriente, y dura lo que un suspiro.
Solo la sana rebeldía apoyada en una honesta crítica, y en una acción no violenta asentada en la mejor tradición humanista, puede fortalecer a quien se rebela por el necesario ideal de un mundo mejor.
Hay una necesidad imperiosa en el ser humano: la de ser amados. La de ser apreciados, valorados y necesitados por otros seres humanos. Pero ese amor solo será auténtico, enriquecedor y potencialmente capaz de hacernos felices si se ama lo que realmente somos: nuestra auténtica esencia humana.
Sin embargo, nos causa tanto temor ser rechazados que nos convertimos en seres extremadamente vulnerables al propio rechazo y al fracaso en cualquier actividad, ya que la imagen que proyectemos puede alejarnos de una sociedad cuyos miembros aspiran a verse asociados con el éxito, directa o indirectamente, debido al poder de atracción y arrastre que genera.
El primer problema es que nuestras sociedades han hecho de “lo difícil” la medida del éxito. Especialmente de las conquistas materiales y del seguimiento popular, dejando fuera de la ecuación del éxito la fidelidad a unos ideales nobles (virtuosos) y el goce de las experiencias sencillas de la vida (incluidos los momentos de soledad, disfrutando de uno mismo).
Hemos puesto en manos de terceros la medida de nuestro éxito como seres humanos, así como la satisfacción de ser amados. Hemos desplazado el centro de gravedad de nuestra personalidad a lo que es valorado socialmente, que, además, difícilmente puede hacer feliz, ya que se centra en cuestiones materiales.
Al final, construimos imágenes de nosotros mismos que no se corresponden con nuestra verdadera esencia. Paradójicamente, buscamos la popularidad en todo aquello que no crea sentimientos gratos, sino que deriva en una insana competitividad por alcanzar falsos ídolos. Damos pie a ser amados por algo que no somos, y terminamos por defraudar a quienes más genuina y generosamente nos podrían aman.
La popularidad nunca será un elemento valioso en nuestra vida. Quienes la consiguen sin perseguirla y sin adorarla, la ignoran. Viven sin ella y la evitan. Crean ricos mundos personales con unas pocas personas con las que mantienen una estrecha relación afectiva.
Quien persigue la popularidad como valor humano siempre termina perdido, desconcertado, agotado y profundamente insatisfecho.
Encontrar el amor implica empezar por la autenticidad de ser fiel a uno mismo y mostrarse como se es, sin adornos ni artificialidades. Cualquier opción que renuncie a ello solo tiene una conclusión: la infelicidad.
Y dejo unas preguntas en el aire: ¿Qué camino enseñamos a los niños y adolescentes respecto a esta cuestión? ¿El camino del amor o el camino de la popularidad y el éxito? ¿Estamos dándoles las bases adecuadas para que sean felices en su infancia, en su adolescencia y en su vida adulta?
El espíritu humano es, por naturaleza, realmente inquieto. Basta con mirar a cualquier niño para comprobar cómo es nuestra verdadera naturaleza de inquieta: el ansia de aprender de los niños no tiene límites, ni el de probar experiencias nuevas, que se resume en su imaginación y en sus juegos.
Más allá de la exigencia de uniformidad que impone nuestra sociedad y que va matando la iniciativa de los niños (un verdadero crimen que debería tratar más extensamente en mi blog “Un ángel dormido”), la realidad es que este rasgo humano, el de su inquietud por conocer y probar, forma parte de nuestra naturaleza, y ha impulsado los grandes avances científicos, técnicos y culturales a lo largo de la historia.
La inquietud del espíritu humano es el principal motor del periodo de mayor esplendor, en mi opinión, de la historia humana: el Renacimiento. Especialmente, el Renacimiento italiano, esos dos siglos grandiosos (Quattrocento y Cinquecento) que fueron la mayor base para la futura consolidación de la Ilustración y la muy controvertida Revolución Industrial que le siguió.
Pero no es lo que más me importa destacar en este momento, sino la fuente de placer y energía extraordinaria que nos aporta este rasgo humano, y que se materializa en una curiosidad sin límites, y en una apuesta decidida por aprender y poner a prueba lo aprendido hasta llevar el conocimiento, los procedimientos y la tecnología más allá de sus límites previos. No nos basta con repetir tediosamente lo conocido… necesitamos descubrir y afianzar lo que descubrimos.
Pero no olvidemos que para todo ello necesitamos ser, además, positivamente críticos, y cuestionarnos el statu quo (de forma positiva, insisto, que hay mucha hipocresía respecto al sano espíritu crítico, algo que también debería tratar más extensamente para “desfacer entuertos”). El progreso solo es posible cuando conocemos y valoramos nuestra posición actual, lo que hacemos constantemente, aunque lo llamemos de otra forma.
Sobre estas bases se fundamenta nuestra creatividad. Una creatividad que, tal como lo describo, no busca más utilidad que la del placer de aportar algo al devenir y progreso humano. Progreso que, por otra parte, solo debería considerarse positivo si no daña al propio ser humano o al medio ambiente. Algo que hemos olvidado, por cierto.
El poeta Ovidio, crítico feroz contra la “infame pasión de poseer”, se refiere a lo que habitualmente llamamos arte, pues encuentra en el goce de crear y disfrutar del arte, sea cual sea, el mejor alimento para el espíritu. Y esta es una gran lección de vida, pues pone por encima de las pasiones materiales, esas otras intelectuales y espirituales. Y lo digo siendo consciente de que actualmente las artes crean utilidad material, pues da de comer a muchos artistas y crea importantes beneficios a varias industrias. Pero este no es el motivo de mi reflexión.
Yo amplio lo dicho a esas otras artes que no son consideradas habitualmente como tales, pero que iluminan la vida humana, la llenan de belleza, e integran ese concepto tan difuso, pero tan enriquecedor, que llamamos “humanismo”.
Me refiero al arte de vivir o al arte de amar, como parte troncal de lo que denominaría “artes mayores”, sin despreciar muchas otras artes, como el arte de la prudencia, que trató el religioso y pensador español del Siglo de Oro, Baltasar Gracián
Al final, somos felices porque gozamos de la belleza, pero este gozo sería nada si no lo compartiéramos. Hablaríamos por tanto del arte de compartir, de poner en común. Y, por extensión, del arte de dialogar y entenderse, del arte de ayudar y solidarizarse, de ser humanidad sin dejar de ser uno mismo.
En esta visión ampliada de las artes del vivir y del espíritu encuentro yo mis mayores gozos, sin que ello obligue a renunciar a la sencillez y a la humildad, que nunca deberíamos abandonar pues son condición necesaria para el buen vivir. Por el contrario, entiendo que prescindir de todo ello supone renunciar al sano goce de la vida.
Creo que poco se puede añadir a lo que ya decía, hace más de 400 años, el humanista francés. Muy en vigor, por cierto.
Sorprende eso: cómo es posible que siga estando tan de actualidad la crítica que hace, y cómo es posible que después de tanto progreso sigan siendo plenamente vigentes las afirmación de este gran pensador del Renacimiento.
Pocas explicaciones requiere, igualmente, la reflexión de Compagnon, literato e historiador de la literatura, al hablar del pensamiento de Montaigne.
Estas consideraciones, con las que estoy plenamente de acuerdo, me llevan a preguntarme si la cultura y el libre pensamiento son considerados un peligro para el poder y quienes lo detentan, independientemente del sistema de gobierno y de la ideología que “teóricamente” defienden sus ocupantes.
Mi conclusión es rotunda: efectivamente es mejor llenar la cabeza de los jóvenes de conocimientos, especialmente científicos y técnicos, que ayudarles para que aprendan a pensar por su cuenta ya que podrían llegar a conclusiones que pongan en peligro la hegemonía de los detentadores del poder (de cualquier tipo de poder). No en vano, hay que evitar por todos los medios que la educación se pueda convertir en caldo de cultivo de activistas por el libre pensamiento y por una sociedad realmente más solidaria.
Los libre-pensadores, los críticos y las personas sabias, siempre han atemorizado al poder debido a su capacidad de cuestionar su legitimidad. Por esta razón se trata de educar en todo aquello que no les lleve a plantearse el comportamiento social del ser humano. Se prefiere educar en obediencia. Concretamente, en la ciega, por supuesto.
Incluso se prefiere educar, sin que sea visible, en ambición, notoriedad, egoísmo, consumismo, competitividad, y la obtención de poder. No en vano, nadie es más peligros que quien no tiene ambición de poder y sí hambre de verdad.
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