En pos de una humanidad renacida y feliz, que haga de la alegría y de la buena voluntad sus señas de identidad, que enfrente con optimismo, energía y confianza su futuro.
“Pero no abrazan la libertad…” No saben lo que es vivir libres, siguiendo los propios impulsos, en lugar de repetir pautas de comportamiento enseñadas, aceptadas y constantemente repetidas. No sé si estos autores son conscientes de la trascendencia de lo que dicen, de la forma de obrar del ser humano, y de las implicaciones que tiene para la vida.
Últimamente, para mi sorpresa, soy testigo de constantes ejemplos que parecen confirmar aquello que defiendo contra corriente. Es como si la vida, los duendes, los magos, hubieran decidido iluminarme para acabar con mis dudas.
Pero, ¿realmente se me está iluminando? ¿No será que mi mente solo quiere ver lo que justifica mi posicionamiento? No lo descarto, como tampoco descarto algo que considero más y más evidente cada día: solo podemos ver cuando nos hemos dado la libertad de ver sin limitaciones, sin prejuicios, sin miedos.
En otras palabras, solo con una mente libre de prejuicios, negatividad, tópicos, negaciones, dogmatismos, afiliaciones y lealtades estúpidas, miedos e ignorancias, traumas sufridos en la niñez o en la edad adulta, u obstáculos parecidos, podemos llegar a ver más allá de las limitaciones que nos imponemos nosotros mismos. Y me temo que vivimos en un mundo y en una sociedad que, en aras de un supuesto bien común, nos convence para que nos auto-limitemos y nos auto-amordacemos.
En definitiva, para que podamos ver con claridad, lo primero que es necesario es querer ver. Para ver tenemos que hacer lo mismo que los niños: estar positivamente predispuestos a la sorpresa. Debemos admitir la posibilidad de que, tal vez, haya algo más, algo que explique mejor la realidad.
La libertad tiene realmente sentido cuando se trata de libertad de pensamiento, de libertad de sentimiento y de libertad de juicio. Libertad es imaginar y soñar en la esperanza de que pueden hacerse realidad. Libertad es vivir haciendo de la vida una experiencia en la que abunde (todo lo que podamos) el juego, la alegría, la inocencia… y el ansia de descubrir, aprender y experimentar.
El mayor atentado contra la libertad lo ejercemos cada ser humano contra nosotros mismos cuando renunciamos a nuestra personalidad concreta; cuando aceptamos como propias ideas, roles y hábitos que son ajenos y extraños; cuando nos sometemos y nos hacemos someter; cuando nos convertimos en dóciles y sumisas personas.
El video que acompaña este post es precioso e incide en algún aspecto de lo que acabo de decir. Dos seres humanos que disfrutan con lo que hacen, que no se toman demasiado en serio su rol de cantantes de música lírica, que se comportan con la inocencia y el entusiasmo de un niño. ¡Sublimes en esta divertida obra de Mozart! ¡Geniales! Y encantadores… Disfrutan de lo que hacen saliéndose de los cánones establecidos para este tipo de profesionales. Y hacen disfrutar…
Poco tengo que decir de este video, más allá de que produjo en mí un inesperado y conmovedor impacto. Su belleza desata mis emociones más puras y espirituales. Me olvido de este mundo cuando me sumerjo en su musicalidad…
Me resulta extraordinario que, a pesar de su solemnidad, despierte en mí una alegría especial que me resulta muy difícil explicar. ¿Sobrenatural? Puede ser.
Aprovecho la ocasión para destacar las composiciones y arreglos del noruego Ola Gjeilo, un músico con una sensibilidad y una visión que no me deja de sorprender por la especial belleza de lo que crea.
¡FELIZ NAVIDAD! Paz y amor para todos en una Navidad que esté llena de momentos entrañables e inolvidables.
Creo que la gran pregunta sobre la vida no es si queremos vivir o no, por mucho que podamos tener dudas en los momentos más difíciles de nuestra existencia. La gran pregunta es qué hacemos con ella.
La vida no es, o no debería ser, una obligación. Al contrario, considero que deberíamos entenderla como una oportunidad: eso que tantas veces se ha dicho del papel en blanco que solo nosotros elegimos cómo rellenar.
Yo lo he dicho de otra manera desde hace muchos años: tomemos a nuestra propia persona como el primer ser al que estamos obligados a cuidar y a amar, al que debemos proteger y guiar, al que debemos inspirar para que pueda alcanzar la máxima felicidad. Y… ¡oh, fortuna! Si llegamos a conseguirlo, tal vez sirva de orientación y motivación a cualquiera que se acerque a nosotros.
La pregunta sobre querer o no querer vivir solo tiene dos opciones posibles: sí o no. Es muy sencilla. El problema es que, como magistralmente enfoca Fromm, no es la pregunta más importante. La cuestión fundamental es qué hacemos con nuestra vida y, por tanto, qué hacemos con el tiempo que nos es dado. Las dos grandes preguntas, con infinitas respuestas posibles, son: para qué quiero vivir, y cómo quiero vivir. La respuesta a la primera nos dará la clave sobre el sentido de la vida. La segunda de ellas nos mostrará los principios éticos que nos guiarán, de tal manera que viviendo de acuerdo a ellos viviremos en paz, sin olvidar que si nos desviamos de ellos sufriremos un tormento.
¿Por qué es tan complicada esta cuestión y tiene tantas posibles respuestas? Porque no somos robots fabricados en serie. Cada ser humano tiene una especial identidad y sensibilidad; y, por consiguiente, una peculiar emocionalidad. Y para complicarlo todo más aún, la mente de cada persona busca un camino hacia su realización y felicidad que puede llegar a ser muy dispar; lo cual seguiría siendo así incluso si se compartieran la misma sensibilidad, emocionalidad, sentido de vida y principios éticos. Toda vida es única e irrepetible.
Todo se complica enormemente para nosotros. Tanto que muchos se sienten abrumados y prefieren reducir su vida a la máxima sencillez, o convertirse en seguidores de aquello que creen que puede serle más beneficioso. El grave problema en estos casos es que el ser humano puede estar renunciando a ser la persona que realmente es, a vivir sus verdaderos principios, su auténtica emocionalidad, sus más arraigados sentimientos. Cuando es así, lo más normal es que el ser humano se sienta perdido y abatido, que pueda reaccionar engañándose y engañando, que pueda verse alterada su psique hasta el punto de caer en depresiones u otras enfermedades del ánimo, e incluso, en casos extremos, que pueda degenerar en una actitud violenta.
El ser humano, una vez que elige vivir, no tiene otra opción que indagar sobre las grandes preguntas de la vida y dar respuesta desde la más absoluta autenticidad a la cuestión de para qué quiere vivir y de cómo quiere vivir. Es un paso imprescindible, pero no definitivo, para alcanzar un alto grado de seguridad, serenidad y satisfacción en su vida.
Como si se tratara de su propio hijo, un ser humano debe cuidarse a sí mismo, pero no de cualquier forma. Debe ocuparse de sí mismo con cautela y amor; debe analizar a lo largo de su vida quién es y para qué vive, lo cual supone un gran esfuerzo. Pero es un requisito imprescindible para alcanzar un alto grado de confianza en sí mismo y en la vida que vive.
La vida, con todos sus condicionantes, que pueden ser muchos, es una gran oportunidad de elegir, lo que supone un grado importante de libertad (maravillosa palabra). Solo de nosotros depende hasta qué punto lo utilizamos. Un planteamiento ambicioso nos exigirá un gran esfuerzo a todos los niveles, así como asumir riesgos. Pero nos abocará a una gran confianza en nosotros mismos, y nos podrá abrir las puertas a una gran satisfacción. Un planteamiento poco ambicioso nos permitirá vivir una vida falsamente tranquila, llena de incertidumbres y dudas.
Creo que está claro que cuánto más renunciemos a la oportunidad de protagonizar nuestra vida, menos nos dejará vivir tranquilos cierto sentimiento de haber perdido una gran oportunidad de hacer algo bueno y bello con nosotros mismos.
Viendo vídeos tan preciosos como el que se puede ver más abajo (el afecto entre un gorila y una joven) llego a la conclusión de que los seres humanos hemos construido un mundo demasiado complejo. Pero no hablo de complejidad técnica, que también, ni siquiera de complejidad intelectual o artística.
Hablo, sobre todo, de complejidad emocional. Tanta complicación creamos que los seres humanos nos estamos volviendo unos seres tan complejos como acomplejados, lo que se traduce en demasiados momentos de insatisfacción vital, como nunca antes ha habido.
Las estadísticas que conozco referenciadas sobre la salud mental en países desarrollados como España asustan; debido al crecimiento de las consultas a profesionales de la psiquiatría, también al consumo de sustancias que combaten la ansiedad, la depresión o la falta de sueño, o a los casos de suicidio (la mayor causa de muerte en personas de hasta 35 años, según oí hace unos pocos días)
¿Estamos locos? ¡No, ni mucho menos! No somos enfermos psíquicos, sino emocionales. Hemos creado una sociedad en la que relacionarse y amar se ha vuelto demasiado complejo y atemorizante. Si el acto más hermoso y que mejor define nuestra humanidad es la belleza con la que podemos vivir el amor, tanta complejidad, tanto requisito, tanta superficialidad, tanta exigencia, tanto aislamiento, tanto miedo, tanta prudencia, nos aleja de este alimento emocional tan imprescindible que es el amor. Y la vida pierde gran parte de su sentido, hasta el punto de abatirnos.
Necesitamos amar y ser amados, sin complejos, sin complicaciones, con extrema naturalidad, con sincero afecto. Necesitamos dejar de medir el amor en términos del prestigio social que da. Necesitamos superar tanto hipocondriaco miedo, tanta hipocresía, y simplemente vivir el amor que sentimos.
Y creo que no me equivoco si digo que sociedad está llena de hambrientos emocionales esperando una luz, una contraseña, un camino para vivir en paz sus emociones. Pero no hay luz, ni camino, ni contraseña, se trata de despojarse de complejos y miedos, y de vivir lo que se siente, tal y como se siente. Sencillamente amar como se ama: dar generosamente el amor como se siente, y recibir agradecidamente el amor como nos es entregado.
Así lo hacen esa joven y ese gorila. No hay más secreto… Así de sencillo.
El puente de cristal solo es un símbolo, nada más que un símbolo... Un símbolo que he creado con el propósito de facilitar la comprensión de dos cuestiones fundamentales en el decisivo arte de vivir: autenticidad y confianza. Por lo tanto, “el puente de cristal” trata de cómo afrontamos la vida y, una vez más, propone una alternativa posible.
Hay un “puente de cristal”, invisible, que nos permite cruzar desde nuestro hoy, tal y como vivimos en sociedad, para llegar al ser que realmente somos y, más allá, al ser que desearíamos ser conforme a nuestra auténtica naturaleza y personalidad. ¿Realmente es necesario proponerse algo así? Cada cual debe reflexionar sobre ello. En especial, los más jóvenes.
EL DRAMA DE NO SER
La realidad es que me encuentro personas tan metidas en el papel ―en el rol― que han decidido jugar en sociedad que ni siquiera son conscientes de que su vida no les llena. Hablo de valores, ideas, hábitos, emociones, sensibilidad… Porque cuanto más nos separamos de ellos, por muy bien que desempeñemos nuestro rol y por mucho que seamos aceptados entre quienes nos rodean, más alienados (de alienación) nos sentiremos, más perdidos, y descubriremos que la vida tiene menos sentido.
Fuente: internet
Si solo tuviéramos una componente animal, nos bastaría con alimentarnos y procrear; cuidar de nuestro bienestar y del bienestar de nuestros hijos. El problema es que los seres humanos tenemos la capacidad de ser conscientes de nosotros mismos, de nuestra personalidad, de lo que pensamos y sentimos, de lo que hacemos, y de lo que deseamos vivir. Realmente, la vida solo tiene sentido cuando nos hacemos cargo de ello y decidimos vivir el ser que realmente somos.
Las enfermedades mentales y los suicidios se están incrementando sustancialmente de año en año hasta llegar a convertirse en verdaderos dramas sociales. De hecho son el mayor problema de salud y muerte en nuestras sociedades.
Soy consciente de que asumiendo patrones ajenos al propio ser, pero que son bendecidos socialmente, nos puede permitir creer que uno vive lo que desea vivir (o, al menos, que vive cómodamente). Sin embargo, no es así. Hablar de ello suele ser muy problemático, pues llegar a reconocer el posible vacío de uno mismo que hay en la propia vida puede ser aterrador. Sincerarse con uno mismo, medir el grado real de satisfacción sobre la propia vida o analizar el grado de frustración con el que se vive suelen dar la medida del posible problema.
EL RIESGO DE SER
Frente al drama de no ser solo se erige una opción: la de ser. La alternativa de ser es la opción de reconocerse a uno mismo, la de analizar cómo es el mundo y en qué grado puede satisfacernos y, sobre todo, la de desnudarnos y vivir conforme al ser humano que somos.
Fuente: internet
En un mundo en el que se prioriza el ego, la competitividad, el consumo impulsivo, la comparación más inhumana o la violencia de todo tipo y grado, todo se complica. Son patrones de actuación que desembocan en los males que antes mencionaba, y con los que, a pesar de todo, se prima la uniformidad, y el comportamiento de rebaño (¡cómo para acabar todos locos!). Ser uno mismo, y vivir abiertamente la especial personalidad, no es fácil, ni deja de tener sus riesgos. Hay que reconocer la realidad. Y por supuesto, no hablo de la moda de ser diferente o rebelde, que solo sirve para satisfacer la insana necesidad artificial de ser visto.
A pesar de todo, quien se plantee esta disyuntiva debe hacerse la pregunta: ¿dejo de ser yo mismo de forma voluntaria para evitar problemas interpersonales, o me arriesgo a ser yo mismo, con los problemas que eso conlleva? Llegamos al puente de cristal…
El puente de cristal es ese puente que nos lleva hasta nosotros mismos, pero que nos visibiliza ante la sociedad, y nos expone a la crítica y al rechazo.
En mi experiencia y opinión, renunciar a uno mismo es condenarse al remordimiento y la frustración. Incluso en los casos en los que conseguimos convencernos a nosotros mismos de que hemos elegido bien y de que estamos fantásticamente. Sin embargo, la traición no es tolerada por nuestro subconsciente, y la frustración siempre termina en daño hacia uno mismo o hacia los más débiles que nos rodean.
Cruzar el puente de cristal, a pesar de críticas y rechazos, que no son fáciles de llevar, fortalece nuestras convicciones y la confianza en nosotros mismos. Nos hace mentalmente más fuertes, y nunca nos lleva al aislamiento y la soledad.
CONCLUSIÓN: ¿QUÉ HACER?
Lo que nos hace fuertes no es la traición, sino la reafirmación de nuestra auténtica personalidad. Y lo que nos hace fuertes es promover la libertad y la confianza entre las nuevas generaciones, no educarlas para que sean meros supervivientes o destacados (destructivos) actores. Hoy mismo se me comentaba que es una alegría no haber traído hijos en este mundo en el que hay que ocultarse para no ser herido. Pero la resignación solo lleva a un empeoramiento de la situación.
Si analizamos la historia, los grandes avances de todo tipo han sido realizados por personas sencillas muy idealistas, honestas y humildes. Personas que se enfrentaron al dogmatismo y el escepticismo con la fortaleza que da la convicción en unos sanos valores y propósitos. Ellos nos dan el ejemplo y la solución: la fortaleza reside en los valores, la honestidad, la humildad y la buena voluntad, entre otros. Lo contrario puede hacernos lograr grandes éxitos sociales, pero nos destruye por dentro.
El puente de cristal nos expone a ser dañados, pero es el mero hecho de adentrarnos en dicho puente como se afianza nuestra fortaleza y nuestra confianza. Optar por no cruzar el puente nos convierte en seres débiles, inseguros y vulnerables. El mero hecho de penetrar en él nos transforma en seres libres, fuertes y confiados. Más que un salto cuantitativo, damos un salto cualitativo en relación a la calidad de nuestra vida.
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