En pos de una humanidad renacida y feliz, que haga de la alegría y de la buena voluntad sus señas de identidad, que enfrente con optimismo, energía y confianza su futuro.
Es curioso lo mucho que se puede llegar a deformar un significado a lo largo del tiempo, y cómo las modas instituyen una definición que no se ajusta a lo que su autor quiso decir. Este es el caso de la famosa expresión “Carpe diem” del pensador de la antigua Roma, Horacio, y que se suele traducir como “aprovecha el momento”. Una traslación que no es enteramente errónea pero que no pone el acento en todo aquello que el romano quiso destacar. Llevado al extremo tiene la significación de “vive el aquí y el ahora, olvidando el futuro”. ¡Sí, pero no! Vayamos por partes.
La mejor traducción literal que he encontrado de la expresión “Carpe diem” es “Cosecha el día” La expresión ampliada dice “Carpe diem quam minimum crédula”, que viene a significar “Aprovecha el día, no confíes en el mañana” Advierto que yo no conozco el latín antiguo y, por tanto, he realizado una síntesis que considero acertada de aquellas traducciones que he leído.
La exactitud de la expresión de Horacio va más allá. No se trata de que uno se olvide del pasado y del futuro para vivir el presente aprovechando todas las oportunidades de placer que tenga, como tantas veces he escuchado. Lo que viene a decir Horacio concuerda mucho más con nuestra expresión “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. En un doble sentido: no dejar de trabajar por aquello que da sentido a nuestra vida, y que entronca con el proyecto vital de toda nuestra existencia. Pero también implica no dejar para mañana lo que podamos disfrutar hoy. Y yo diría que, sobre todo, en lo que se refiere al amor y la amistad que son nuestros más valiosos dones y que, por cierto, también necesitan ser cultivados con el concurso del tiempo, poco a poco, sin prisas. Si Horacio hubiera vivido en nuestros días en España, hubiera dicho “tened cuidado, que no se os pase el arroz” Aprovechemos las oportunidades que, en cada momento, nos ofrece la vida y el fruto de nuestro esfuerzo, sin dejar de sembrar cada día aquello que deseamos que llegue a nosotros.
Solo una nota más para destacar la gran frase del neurobiólogo, Doctor en Biología, David Bueno. Ningún ser humano puede ser entendido si no acudimos a su pasado y si no tenemos en cuenta sus inquietudes vitales e intelectuales. Y sin dejar de contar con sus necesidades emocionales. Ningún ser humano encuentra verdadero sentido a su vida si no entronca con el flujo vital de toda su existencia.
Al final en la vida realmente no cuenta tanto la cantidad como la calidad, convirtiéndose el aprovechamiento que hacemos de nuestro tiempo en el factor fundamental para construir una vida lo más bella y especial posible.
Y sin olvidar que somos, a la vez, presente y eternidad. Presente y eternidad…
El siguiente texto es parte de una enriquecedora conversación con el genial y joven músico, escritor y artista nacido en Gales (Inglaterra, 2000), Dylan John Sparkes, a quien agradezco tanto el hecho de que comparta generosamente su música en distintos canales (yo le escucho a través de YouTube), como su disposición de tiempo para dialogar. Destaco, ante todo, su madurez, a pesar de su juventud. Estoy realmente sorprendido…
Concretamente se trata de mi primer comentario a las explicaciones que da en la introducción de su tema “Ain Soph Aur” (que se puede traducir como “la luz infinita, eterna, no creada”), que enlazo aquí y cuyo vídeo inserto más abajo.
Es una expresión más de mi pensar y sentir, que voy dejando en casi todo lo que escribo, y que condensé muy especialmente en el poema “Un luminoso despertar” en otro de mis blogs, “Pensar y sentir”, del que es probable que dedique un segundo post para dar algunas pistas de lo que quise decir, que va mucho más allá de lo inmediato y aparente.
Este es el texto que escribí a Dylan. Si alguien necesita alguna aclaración encontraré el tiempo para poder extenderme más y ofrecerla en la medida y en la forma que me sea posible. Y no se olvide que el conocimiento nunca se detiene, y nunca adquiere una forma concreta y cerrada. Cuando esto ocurre, lo que realmente ocurre es que el conocimiento ha muerto.
“Dylan, permíteme añadir algunas reflexiones, que no se refieren a certezas, sino a meras intuiciones.
La Luz es el Espíritu, del cual todo y todos estamos formados. La Luz es la madre que puede tomar cualquier forma, sustancia o significado. Y nosotros, en este mundo, somos algunas de esas formas. No pertenecemos a este mundo, sino a la Luz. Y somos eternos por esa pertenencia, pero la eternidad no significa una existencia de tiempo indefinido, sino la ausencia de tiempo. El tiempo no existe dentro de la Luz.
La Luz es la madre, y nosotros lo somos [luz] cuando somos como niños, incontaminados por los errores y las debilidades de este mundo. Entregarnos ingenua e inocentemente a la vida es la promesa de felicidad y sabiduría. Y si nuestra vida debe ser algo, eso es juego. No es un juego inconsciente, sino un juego en el que se materializa quiénes somos y se proyecte la naturaleza más profunda de nuestro ser.”
El arte de reflexionar ya lo practicaban los antiguos griegos, y lo hicieron con sorprendente éxito. Si los antiguos romanos destacaron, sobre todo, en las artes prácticas, las ciencias aplicadas como la ingeniería, los primeros griegos lo hicieron, por encima de todo, en el arte de razonar, deducir y ampliar el conocimiento hasta límites que aún nos sorprenden. Unos y otros convirtieron en arte sus mayores habilidades.
Y de los griegos es importante aprender que podemos sacar mucho partido de nuestra capacidad de razonar, esa maravillosa herramienta que es la inteligencia. Explotar esta herramienta no es fácil, por eso es importante que aprendamos a utilizarla adecuadamente, y por la misma razón se termina convirtiendo en un arte. El arte de pensar, razonar, reflexionar…
Uno de los aspectos en los que destacamos los seres humanos es en la enorme cantidad de información que intercambiamos: lanzándola y recibiéndola, posibilitando una rica vida social. Ningún otro ser conocido llega a acercarse significativamente. Se podría hablar mucho al respecto pero yo solo voy a destacar un par de puntos.
Toda información debe ser razonada y cuestionada. En cualquier momento podemos recibir información sesgada, manipulada o errónea. La misma información que estoy intercambiando ahora mismo debe ser puesta en cuestión y criticada, y concluir hasta qué punto se considera honestamente válida, errónea o falseada. Es fundamental utilizar nuestro espíritu crítico (una de las bases fundamentales del progreso de la humanidad, tan mal entendida y tan denostada) pero como cualquier otra herramienta, debe hacerse de forma honesta y sin pretensión de dañar. Y sin olvidar que una información veraz, por mucho que se haya transmitido con mala fe, no la convierte en falsa. Por esta razón siempre he agradecido hasta las críticas realizadas con ánimo de dañar.
El segundo aspecto que quiero destacar es el terrible daño que hacen los dogmatismos al progreso y a la convivencia. Una actitud dogmática implica aceptar ciegamente una verdad olvidando que, incluso una afirmación que fue veraz en un momento puede haberlo dejado de ser en otro. El dogmatismo es fatalmente inmovilista, daña el progreso y la convivencia, como decía hace un momento, y menoscaba la credibilidad y el respeto que podemos tener a una persona. Por tanto, debemos ser críticos, pero empezando por nosotros mismos y por nuestras actitudes, creencias y actos. Deberíamos cuestionar si lo que creemos y postulamos es realmente cierto, si sigue siendo válido, si obedece a una postura acomodaticia (tener fe para no hacer el esfuerzo de reflexionar) y si alguna intención negativa (como el rencor o la envidia) ha podido dar lugar a una crítica prejuiciosa. Por desgracia nos ocurre muy a menudo.
Si por algo deberíamos destacar como personas maduras es, precisamente, por nuestra capacidad de razonar, de contrastar y de criticar (empezando por nosotros mismos). Pero de nada vale si no lo hacemos con humildad, honestidad y justicia, libres de negatividades y prejuicios, y alejados de posiciones dogmáticas. Debemos aceptar que nos podemos equivocar (como tal vez hago yo ahora mismo) pero jamás debemos permitir que sea la consecuencia de actitudes, valores o posicionamientos negativos. Además, cuando intercambiamos información debemos potenciar nuestra capacidad de escucha y nuestra tolerancia a la discrepancia.
Si la reflexión adolece de estos ingredientes imprescindibles que acabo de mencionar, nuestras opiniones serán sesgadas y probablemente injustas. Darán lugar a la toma de decisiones, y acciones, erróneas o poco provechosas, así como a conflictos interpersonales. Nuestra vida sufrirá un cierto deterioro (mayor o menor) y será el semillero de continuas insatisfacciones. Y reconozco que hay personas que se sienten cómodas durante años y años viviendo en esta situación… hasta que se hace balance de la vida. Podemos engañarnos algunas veces pero no podemos pasarnos una vida engañándonos. Elegir bien, y tomar sabias decisiones en los aspectos importantes de la vida, es fundamental para nuestra paz y satisfacción.
En definitiva, el imprescindible arte de reflexionar, que tanto contribuye al arte de vivir y amar, precisa de esfuerzo, humildad, honestidad, comprensión y tolerancia. Si falla alguno de estos componentes, deja de ser arte y de servirnos enriquecedoramente. ¡Y no nos pasemos de frenada...! como solemos decir en España para referirnos a que la solución no debe complicar la actividad por un exceso de celo.
¿Necesitamos control? ¿Necesitamos autocontrol? ¿Nuestra libertad debe ser una libertad controlada e intervenida, como ocurre en nuestro mundo actual? ¿Somos un peligro para la vida de los demás y del medio ambiente vivo?
Mi respuesta es rotunda, pero tiene una condición: No necesitamos nada de eso mientras seamos en esencia el ser que somos, el ser que llegó a este mundo, el ser que nunca deberíamos haber dejado de ser. En definitiva, deberíamos dejar de ser la coraza de artificialidad en que nos convertimos; una coraza que utilizamos para protegernos pero que solo nos trae soledad, incomprensión, frustración e intolerancia. Necesitamos desnudar el alma y simplemente ser.
¿Y por qué hago referencia a las mariposas en el título de este escrito?
Somos, o deberíamos ser, como mariposas. Insistiré en lo que digo… Siendo como en esencia somos, no necesitamos control alguno. Simplemente deberíamos ser lo que realmente somos, lo que hemos olvidado ser en este artificial mundo en el que hemos nacido, y que la humanidad ha ido desvirtuando poco a poco.
Y como las mariposas no deberíamos tener más límite que aquel que marca la extensión que pueden alcanzar sus alas (nuestras alas, nuestros sueños, nuestra sensibilidad, nuestra voluntad…). Las alas de las mariposas no pueden dañar. ¡Es imposible! Y el ser humano, cuando es esencia de sí mismo, tampoco puede hacerlo. En ese innato y mágico estado no necesitamos control, solo ser: nuestra libertad sería total, y nuestra felicidad, plena.
Más allá de lo que la trivialidad de nuestro mundo nos pueda hacer pensar, cada amor es un compromiso con la vida y con el Universo. El amor es el misterio y la magia que nos permite trascender este estrecho escenario en el que los seres humanos convertimos la vida.
Más allá de tanta superficialidad, y de tanta soledad, se llega hasta la esencia misma de nuestro ser y alcanzamos la cima del auténtico sentido de nuestra vida.
Más allá… Invisible a la vista, que solo se puede sentir con el corazón… Más allá... donde las almas se hablan.
Para unos, tan evidente… Para otros, tan inalcanzable…
Hace 80 años que finalizó en Europa la mayor salvajada provocada por la humanidad, con unos 50 millones de muertes, principalmente civiles, millones y millones de heridos, desplazados, arruinados… Destrucción y caos.
La barbarie destructiva desatada debería avergonzar a la humanidad. Sin embargo, si algo somos los adultos humanos (no incluyo a los niños, por supuesto) eso es frívolos, soberbios, rencorosos y crueles.
Lo que más me preocupa es que olvidemos. Durante décadas, el recuerdo de la barbarie afianzó nuestra frágil cordura y fugaz prudencia. Sin embargo, me temo que el olvido hace aflorar la estupidez humana otra vez. El olvido es el peor cáncer para la humanidad, pues nos atrofia los recuerdos y la mente. No nos convierte en salvajes (¡qué culpa tiene la vida salvaje!), sino en impasibles destructores de la vida.
Creo que nunca deberíamos olvidar lo que pregonaron líderes de la luz, como Jesucristo: amar al prójimo. Pero miro a los líderes actuales y veo un panorama desolador. Y no veo que el hecho de que una nueva guerra mundial terminara siendo la última para la humanidad, pueda llegar a ser un freno para muchas mentes enfermas al frente de países y organizaciones mundiales.
Lo digo muy claro: si la humanidad desapareciese debido a una guerra provocada por nuestra infinita estupidez, sería justo que así terminemos, desapareciendo de la faz de este paraíso: tendríamos lo que nos hemos estado ganando a pulso… Y, de paso, dejaríamos que la vida floreciera nuevamente.
Desconfío de cualquier líder que no habla de paz y no actúa pacíficamente, con respeto y tolerancia. Y aún más: desconfío de aquellos que no saben pronunciar la palabra amor al hablar de lo que debe unir a la humanidad, y motivar nuestras acciones. Y me refiero al amor entre los seres humanos, no de amor a uno mismo, que de eso hay océanos que cubren todo nuestro planeta.
Prevenir siempre es mejor que curar, y no hay labor preventiva que sea suficiente si no implica a la mayor parte de la población del mundo. No se puede dejar en manos de unos pocos...
En nuestro mundo, engañosamente “avanzado”, buscamos nuestro sustento espiritual en el exterior, y dejamos en manos ajenas nuestra confianza y seguridad. Engañados, tomamos como modelo aquello que está fuera de nosotros, que nos es ajeno, que se convierte en un cuerpo extraño que nos coloniza, renunciando a nuestra genuina personalidad. Sin ser conscientes de ello, la vida se desarrolla frente a un precipicio llamado “crisis de identidad”
Lejos quedan las reflexiones de los filósofos o los cantos de los poetas: “Sé tú mismo…” Y para ser tú mismo, “conócete a ti mismo”, como recomendaban los sabios de la antigua Grecia en la inscripción que existió en el dintel del templo de Apolo en Delfos (sí, donde el famoso oráculo). No se trata de otra cosa más que de tomarnos como modelo y proyectar lo mejor de nuestra rica personalidad hacia el exterior. Solo después podemos mezclarnos en una fructífera experiencia de mestizaje cultural. Es el único camino que nos enriquece como seres humanos, que nos hace libres y que nos permite llevar una vida en paz, alejados de necesidades superfluas y artificiales.
La cima de la montaña se encuentra en el conocimiento y la conquista de nuestra genuina y singular personalidad.
PAZ
Ang Dorje Sherpa (Nepal, 1970 - …)
(traducción del poema hablado)
Mi sueño siempre ha estado conectado
con las cimas de las montañas.
Hablé con el viento, con las rocas y con las colinas.
Mi alma anhelaba ascender a estas cumbres imponentes,
donde el cielo toca la tierra y los límites desaparecen.
En este viaje, no solo superé mi cuerpo,
sino también mis miedos y debilidades.
Esta montaña fue mi desafío,
y estaba decidido a darlo todo en cada paso.
Donde hay voluntad, hay un camino,
y este sendero me ha llevado a la cima de mi alma.
Aquí estoy, el sueño se ha hecho realidad,
mi existencia canta una melodía de paz con las montañas.
Quien busca siempre encuentra… La búsqueda es una inquietud del espíritu que motiva al movimiento, al esfuerzo. De nada sirve quedarse esperando con los brazos cruzados. Y de poco sirve unir las manos y rezar... o implorar al destino.
Somos almas vagando por un universo que se extiende mucho más allá de lo que podemos ver e imaginar. Solo intuir… Somos seres que danzan en el misterio de una música que sin haberla escuchado, la reconocen.
Y es ese magno misterio el que abre nuestro corazón como se abre la rosa al sol. Las emociones se derraman como agua pura en una cascada que es sinfonía de destellos que crepitan al son de la música. Luz y color… Vida y amor… Y la dicha de sentirse plenamente vivos gozando de una experiencia cuya belleza nos desborda.
Almas afines siempre se buscan… se intuyen… y se reconocen cuando se encuentran. Incluso así ocurre sin haberse buscado. En la sorpresa de su (re)encuentro se inicia una incansable celebración de alegría y danza.
La mística de esa mágica unión hace desaparecer la experiencia del tiempo. La ilusión y el gozo del encuentro nunca se agotan… no tienen fin.
El alma que, con inocencia de niñez, busca, encuentra… Solo el ser humano renovado, que no niega el alma y con el alma me busca, con mi alma se encuentra… Con mi alma de niñez madura…
Yo puedo hacerme una idea de lo que vive una mujer cuando conduzco mi pequeñito automóvil. Un encantador y acogedor Ka de Ford.
Compruebo que muchas de las personas que conducen un vehículo grande aquí en España, al ver el mío piensan que le falta velocidad, aceleración o maniobrabilidad, por lo que ante la previsión de que pueda convertirme en un estorbo intentan adelantarme cuanto antes. Hay quien se pega a mí por detrás en la creencia de que yo me tengo que echar a un lado, reducir la velocidad e incluso detenerme para que me adelanten más cómodamente.
Lo que no se dan cuenta estas personas de vehículos grandes es que un coche no se conduce a sí mismo, y que la calidad de la conducción depende totalmente del cerebro de quien lo conduce, y de los valores y actitudes que lo guían, no del aspecto del vehículo (su chasis).
El colmo de la estupidez ocurre cuando mi pequeño Ka adelanta a uno más grande, especialmente si se trata de una marca puntera y de lujo (no voy a dar nombres). Hay quien se lo toma como una ofensa. Inmediatamente se establece una lucha, casi a muerte, por restablecer el honor mancillado, lo cual puede llegar a ser hasta peligroso. Por supuesto, en estos casos, un cerebro lleno de vanidad no brilla por su inteligencia, realmente es lo contrario. Se suele decir que “la ignorancia es muy atrevida”, y yo aclaro que es la vanidad, además de ser atrevida, exacerba la estupidez.
Por desgracia, con la mujer ocurre algo parecido. Está muy extendida la idea entre los hombres de que por ser mujer, un ser humano tiene menos capacidad y debe tener un papel secundario e, incluso, de sumisión (lo de apartarse para dejar pasar). No hablemos ya del escozor, que puede llegar a ser traumático, al verse superados algunos hombres por una mujer en su retribución, categoría, creatividad, capacidad de negociación, etc.
Por cierto, que siempre he juzgado la valía de una persona por sus buenos valores y su bella sensibilidad, y emocionalidad, jamás por sus capacidades intelectuales. Los primeros rasgos mencionados son elegidos por cada cual y condicionan el comportamiento ético en comunidad y la belleza de las experiencias que comparten. El último rasgo viene de nacimiento, no tiene ningún mérito disponer de él, y no dice nada de la bondad del comportamiento en sociedad. De esta manera, por ejemplo, me merece mucho más respeto una persona que se ha tenido que esforzar muchísimo para conseguir unos objetivos modestos, que una persona que ha alcanzado grandes éxitos sin apenas despeinarse.
No quiero dejar de hacer mención a la violencia de género (y, por extensión, la violencia vicaria), algo totalmente inaceptable que debe ser erradicado sin excusas y poniendo muchos más medios de todo tipo.
Por desgracia hay un punto oscuro. Debo de reconocer que cada día veo más mujeres que imitan la conducta de los hombres cuando están a los mandos de un gran vehículo, lo que me hace pensar que la estupidez es un mal contagioso que no está estrictamente relacionado con el sexo. Si bien, somos cada día más los hombres que superamos absurdos comportamientos, complejos y vejaciones, no deja de haber algunas mujeres que se ven contagiadas por las debilidades del hombre, al menos en España. ¡Qué cruz!
Por último, mencionaré el papel de la educación, además de la vanidad ya mencionada, y esta enfermiza obsesión del ser humano por competir y ser mejor que los demás. Nos hace un gran daño a todos los niveles.
La primera y trascendental frase se incluye al final del excelente y ameno libro de los autores mencionados, “La conciencia contada por un sapiens a un neandertal” (2024, Alfaguara-Penguin). La segunda está incluida en la misma publicación.
Aun estando de acuerdo con lo que dicen estas dos citas, propongo una hipótesis más amplia. Mi intuición, acertada o errónea, me dice que la conciencia no surge al convertir a los demás en el espejo de nosotros mismos. Aun creyendo que es cierto, también me parece incompleto. Nuestra conciencia nace cuando somos capaces de relacionar nuestros actos con nuestra voluntad, y especialmente cuando nos hacemos cargo de las consecuencias de nuestros actos.
La conciencia, nuevamente en mi personal opinión, no es fruto solamente de la fría capacidad cognitiva de nuestro cerebro. La conciencia surge y toma cuerpo cuando nace la consciencia (cuando somos conscientes de nuestra vida), pero, además, cuando tenemos los valores y la empatía para juzgar las consecuencias de nuestros actos, y cuando adoptamos unos criterios de belleza que nos proporcionan placer.
Visto como lo he descrito, el salto dado por el ser humano en su desarrollo ha sido enorme. Lástima que no tengamos la misma capacidad para elegir nuestros valores, para empatizar o para gozar de la belleza.
De esta manera, nuestra paz y gozo dependerá directamente de lo adecuado de nuestros valores (empezando por la autenticidad de nuestro vivir), de la empatía y generosa afectividad que desarrollemos en nuestras relaciones humanas y no humanas, y de la búsqueda y atención que prestemos a aquella belleza que nos emocione. Y advierto que la belleza puede estar en todo, hasta lo más menudo y sencillo, y no solo en el arte.
Pensado así, lo importante de la frase de Machado no es que yo vea, o que me vean, sino que nos veamos, que conectemos con la vida y lo que en ella habita. ¡Y disfrutemos todo lo que podamos!
Añado algo más. La vida es extraordinariamente dura para cualquier ser humano. Estoy convencido de que en este mundo nadie tiene una vida fácil. Y la mayoría tenemos una vida dura de narices (por no mencionar otra parte del cuerpo humano más clarificadora para estos fines pero que daría lugar a una expresión soez)
Sin embargo, si nos planteamos que la vida puede ser algo más que la vida cotidiana a la que nos acostumbra la educación, la cultura, los hábitos adquiridos y / o los prejuicios, entonces empezaremos a oficiar de descubridores. En este caso la vida puede ser, además de dura, una experiencia de asombrosa belleza.
Y es así, especialmente, porque nos hacemos conscientes de quienes somos, de cómo queremos ser, y de todo aquello que nos motiva descubrir, aprender y experimentar. Además de tener el valor de querer ejercer de nosotros mismos, primer paso imprescindible.
Y lo digo bien claro: ¡somos seres privilegiados! Precisamente porque solo se puede actuar así siendo previamente conscientes de nuestra individualidad y peculiaridad. Una facultad que solo hemos desarrollado notablemente los Homo Sapiens. ¡Solo nosotros! No lo desaprovechemos…
“Pero no abrazan la libertad…” No saben lo que es vivir libres, siguiendo los propios impulsos, en lugar de repetir pautas de comportamiento enseñadas, aceptadas y constantemente repetidas. No sé si estos autores son conscientes de la trascendencia de lo que dicen, de la forma de obrar del ser humano, y de las implicaciones que tiene para la vida.
Últimamente, para mi sorpresa, soy testigo de constantes ejemplos que parecen confirmar aquello que defiendo contra corriente. Es como si la vida, los duendes, los magos, hubieran decidido iluminarme para acabar con mis dudas.
Pero, ¿realmente se me está iluminando? ¿No será que mi mente solo quiere ver lo que justifica mi posicionamiento? No lo descarto, como tampoco descarto algo que considero más y más evidente cada día: solo podemos ver cuando nos hemos dado la libertad de ver sin limitaciones, sin prejuicios, sin miedos.
En otras palabras, solo con una mente libre de prejuicios, negatividad, tópicos, negaciones, dogmatismos, afiliaciones y lealtades estúpidas, miedos e ignorancias, traumas sufridos en la niñez o en la edad adulta, u obstáculos parecidos, podemos llegar a ver más allá de las limitaciones que nos imponemos nosotros mismos. Y me temo que vivimos en un mundo y en una sociedad que, en aras de un supuesto bien común, nos convence para que nos auto-limitemos y nos auto-amordacemos.
En definitiva, para que podamos ver con claridad, lo primero que es necesario es querer ver. Para ver tenemos que hacer lo mismo que los niños: estar positivamente predispuestos a la sorpresa. Debemos admitir la posibilidad de que, tal vez, haya algo más, algo que explique mejor la realidad.
La libertad tiene realmente sentido cuando se trata de libertad de pensamiento, de libertad de sentimiento y de libertad de juicio. Libertad es imaginar y soñar en la esperanza de que pueden hacerse realidad. Libertad es vivir haciendo de la vida una experiencia en la que abunde (todo lo que podamos) el juego, la alegría, la inocencia… y el ansia de descubrir, aprender y experimentar.
El mayor atentado contra la libertad lo ejercemos cada ser humano contra nosotros mismos cuando renunciamos a nuestra personalidad concreta; cuando aceptamos como propias ideas, roles y hábitos que son ajenos y extraños; cuando nos sometemos y nos hacemos someter; cuando nos convertimos en dóciles y sumisas personas.
El video que acompaña este post es precioso e incide en algún aspecto de lo que acabo de decir. Dos seres humanos que disfrutan con lo que hacen, que no se toman demasiado en serio su rol de cantantes de música lírica, que se comportan con la inocencia y el entusiasmo de un niño. ¡Sublimes en esta divertida obra de Mozart! ¡Geniales! Y encantadores… Disfrutan de lo que hacen saliéndose de los cánones establecidos para este tipo de profesionales. Y hacen disfrutar…
Poco tengo que decir de este video, más allá de que produjo en mí un inesperado y conmovedor impacto. Su belleza desata mis emociones más puras y espirituales. Me olvido de este mundo cuando me sumerjo en su musicalidad…
Me resulta extraordinario que, a pesar de su solemnidad, despierte en mí una alegría especial que me resulta muy difícil explicar. ¿Sobrenatural? Puede ser.
Aprovecho la ocasión para destacar las composiciones y arreglos del noruego Ola Gjeilo, un músico con una sensibilidad y una visión que no me deja de sorprender por la especial belleza de lo que crea.
¡FELIZ NAVIDAD! Paz y amor para todos en una Navidad que esté llena de momentos entrañables e inolvidables.
Creo que la gran pregunta sobre la vida no es si queremos vivir o no, por mucho que podamos tener dudas en los momentos más difíciles de nuestra existencia. La gran pregunta es qué hacemos con ella.
La vida no es, o no debería ser, una obligación. Al contrario, considero que deberíamos entenderla como una oportunidad: eso que tantas veces se ha dicho del papel en blanco que solo nosotros elegimos cómo rellenar.
Yo lo he dicho de otra manera desde hace muchos años: tomemos a nuestra propia persona como el primer ser al que estamos obligados a cuidar y a amar, al que debemos proteger y guiar, al que debemos inspirar para que pueda alcanzar la máxima felicidad. Y… ¡oh, fortuna! Si llegamos a conseguirlo, tal vez sirva de orientación y motivación a cualquiera que se acerque a nosotros.
La pregunta sobre querer o no querer vivir solo tiene dos opciones posibles: sí o no. Es muy sencilla. El problema es que, como magistralmente enfoca Fromm, no es la pregunta más importante. La cuestión fundamental es qué hacemos con nuestra vida y, por tanto, qué hacemos con el tiempo que nos es dado. Las dos grandes preguntas, con infinitas respuestas posibles, son: para qué quiero vivir, y cómo quiero vivir. La respuesta a la primera nos dará la clave sobre el sentido de la vida. La segunda de ellas nos mostrará los principios éticos que nos guiarán, de tal manera que viviendo de acuerdo a ellos viviremos en paz, sin olvidar que si nos desviamos de ellos sufriremos un tormento.
¿Por qué es tan complicada esta cuestión y tiene tantas posibles respuestas? Porque no somos robots fabricados en serie. Cada ser humano tiene una especial identidad y sensibilidad; y, por consiguiente, una peculiar emocionalidad. Y para complicarlo todo más aún, la mente de cada persona busca un camino hacia su realización y felicidad que puede llegar a ser muy dispar; lo cual seguiría siendo así incluso si se compartieran la misma sensibilidad, emocionalidad, sentido de vida y principios éticos. Toda vida es única e irrepetible.
Todo se complica enormemente para nosotros. Tanto que muchos se sienten abrumados y prefieren reducir su vida a la máxima sencillez, o convertirse en seguidores de aquello que creen que puede serle más beneficioso. El grave problema en estos casos es que el ser humano puede estar renunciando a ser la persona que realmente es, a vivir sus verdaderos principios, su auténtica emocionalidad, sus más arraigados sentimientos. Cuando es así, lo más normal es que el ser humano se sienta perdido y abatido, que pueda reaccionar engañándose y engañando, que pueda verse alterada su psique hasta el punto de caer en depresiones u otras enfermedades del ánimo, e incluso, en casos extremos, que pueda degenerar en una actitud violenta.
El ser humano, una vez que elige vivir, no tiene otra opción que indagar sobre las grandes preguntas de la vida y dar respuesta desde la más absoluta autenticidad a la cuestión de para qué quiere vivir y de cómo quiere vivir. Es un paso imprescindible, pero no definitivo, para alcanzar un alto grado de seguridad, serenidad y satisfacción en su vida.
Como si se tratara de su propio hijo, un ser humano debe cuidarse a sí mismo, pero no de cualquier forma. Debe ocuparse de sí mismo con cautela y amor; debe analizar a lo largo de su vida quién es y para qué vive, lo cual supone un gran esfuerzo. Pero es un requisito imprescindible para alcanzar un alto grado de confianza en sí mismo y en la vida que vive.
La vida, con todos sus condicionantes, que pueden ser muchos, es una gran oportunidad de elegir, lo que supone un grado importante de libertad (maravillosa palabra). Solo de nosotros depende hasta qué punto lo utilizamos. Un planteamiento ambicioso nos exigirá un gran esfuerzo a todos los niveles, así como asumir riesgos. Pero nos abocará a una gran confianza en nosotros mismos, y nos podrá abrir las puertas a una gran satisfacción. Un planteamiento poco ambicioso nos permitirá vivir una vida falsamente tranquila, llena de incertidumbres y dudas.
Creo que está claro que cuánto más renunciemos a la oportunidad de protagonizar nuestra vida, menos nos dejará vivir tranquilos cierto sentimiento de haber perdido una gran oportunidad de hacer algo bueno y bello con nosotros mismos.
Viendo vídeos tan preciosos como el que se puede ver más abajo (el afecto entre un gorila y una joven) llego a la conclusión de que los seres humanos hemos construido un mundo demasiado complejo. Pero no hablo de complejidad técnica, que también, ni siquiera de complejidad intelectual o artística.
Hablo, sobre todo, de complejidad emocional. Tanta complicación creamos que los seres humanos nos estamos volviendo unos seres tan complejos como acomplejados, lo que se traduce en demasiados momentos de insatisfacción vital, como nunca antes ha habido.
Las estadísticas que conozco referenciadas sobre la salud mental en países desarrollados como España asustan; debido al crecimiento de las consultas a profesionales de la psiquiatría, también al consumo de sustancias que combaten la ansiedad, la depresión o la falta de sueño, o a los casos de suicidio (la mayor causa de muerte en personas de hasta 35 años, según oí hace unos pocos días)
¿Estamos locos? ¡No, ni mucho menos! No somos enfermos psíquicos, sino emocionales. Hemos creado una sociedad en la que relacionarse y amar se ha vuelto demasiado complejo y atemorizante. Si el acto más hermoso y que mejor define nuestra humanidad es la belleza con la que podemos vivir el amor, tanta complejidad, tanto requisito, tanta superficialidad, tanta exigencia, tanto aislamiento, tanto miedo, tanta prudencia, nos aleja de este alimento emocional tan imprescindible que es el amor. Y la vida pierde gran parte de su sentido, hasta el punto de abatirnos.
Necesitamos amar y ser amados, sin complejos, sin complicaciones, con extrema naturalidad, con sincero afecto. Necesitamos dejar de medir el amor en términos del prestigio social que da. Necesitamos superar tanto hipocondriaco miedo, tanta hipocresía, y simplemente vivir el amor que sentimos.
Y creo que no me equivoco si digo que sociedad está llena de hambrientos emocionales esperando una luz, una contraseña, un camino para vivir en paz sus emociones. Pero no hay luz, ni camino, ni contraseña, se trata de despojarse de complejos y miedos, y de vivir lo que se siente, tal y como se siente. Sencillamente amar como se ama: dar generosamente el amor como se siente, y recibir agradecidamente el amor como nos es entregado.
Así lo hacen esa joven y ese gorila. No hay más secreto… Así de sencillo.
El puente de cristal solo es un símbolo, nada más que un símbolo... Un símbolo que he creado con el propósito de facilitar la comprensión de dos cuestiones fundamentales en el decisivo arte de vivir: autenticidad y confianza. Por lo tanto, “el puente de cristal” trata de cómo afrontamos la vida y, una vez más, propone una alternativa posible.
Hay un “puente de cristal”, invisible, que nos permite cruzar desde nuestro hoy, tal y como vivimos en sociedad, para llegar al ser que realmente somos y, más allá, al ser que desearíamos ser conforme a nuestra auténtica naturaleza y personalidad. ¿Realmente es necesario proponerse algo así? Cada cual debe reflexionar sobre ello. En especial, los más jóvenes.
EL DRAMA DE NO SER
La realidad es que me encuentro personas tan metidas en el papel ―en el rol― que han decidido jugar en sociedad que ni siquiera son conscientes de que su vida no les llena. Hablo de valores, ideas, hábitos, emociones, sensibilidad… Porque cuanto más nos separamos de ellos, por muy bien que desempeñemos nuestro rol y por mucho que seamos aceptados entre quienes nos rodean, más alienados (de alienación) nos sentiremos, más perdidos, y descubriremos que la vida tiene menos sentido.
Fuente: internet
Si solo tuviéramos una componente animal, nos bastaría con alimentarnos y procrear; cuidar de nuestro bienestar y del bienestar de nuestros hijos. El problema es que los seres humanos tenemos la capacidad de ser conscientes de nosotros mismos, de nuestra personalidad, de lo que pensamos y sentimos, de lo que hacemos, y de lo que deseamos vivir. Realmente, la vida solo tiene sentido cuando nos hacemos cargo de ello y decidimos vivir el ser que realmente somos.
Las enfermedades mentales y los suicidios se están incrementando sustancialmente de año en año hasta llegar a convertirse en verdaderos dramas sociales. De hecho son el mayor problema de salud y muerte en nuestras sociedades.
Soy consciente de que asumiendo patrones ajenos al propio ser, pero que son bendecidos socialmente, nos puede permitir creer que uno vive lo que desea vivir (o, al menos, que vive cómodamente). Sin embargo, no es así. Hablar de ello suele ser muy problemático, pues llegar a reconocer el posible vacío de uno mismo que hay en la propia vida puede ser aterrador. Sincerarse con uno mismo, medir el grado real de satisfacción sobre la propia vida o analizar el grado de frustración con el que se vive suelen dar la medida del posible problema.
EL RIESGO DE SER
Frente al drama de no ser solo se erige una opción: la de ser. La alternativa de ser es la opción de reconocerse a uno mismo, la de analizar cómo es el mundo y en qué grado puede satisfacernos y, sobre todo, la de desnudarnos y vivir conforme al ser humano que somos.
Fuente: internet
En un mundo en el que se prioriza el ego, la competitividad, el consumo impulsivo, la comparación más inhumana o la violencia de todo tipo y grado, todo se complica. Son patrones de actuación que desembocan en los males que antes mencionaba, y con los que, a pesar de todo, se prima la uniformidad, y el comportamiento de rebaño (¡cómo para acabar todos locos!). Ser uno mismo, y vivir abiertamente la especial personalidad, no es fácil, ni deja de tener sus riesgos. Hay que reconocer la realidad. Y por supuesto, no hablo de la moda de ser diferente o rebelde, que solo sirve para satisfacer la insana necesidad artificial de ser visto.
A pesar de todo, quien se plantee esta disyuntiva debe hacerse la pregunta: ¿dejo de ser yo mismo de forma voluntaria para evitar problemas interpersonales, o me arriesgo a ser yo mismo, con los problemas que eso conlleva? Llegamos al puente de cristal…
El puente de cristal es ese puente que nos lleva hasta nosotros mismos, pero que nos visibiliza ante la sociedad, y nos expone a la crítica y al rechazo.
En mi experiencia y opinión, renunciar a uno mismo es condenarse al remordimiento y la frustración. Incluso en los casos en los que conseguimos convencernos a nosotros mismos de que hemos elegido bien y de que estamos fantásticamente. Sin embargo, la traición no es tolerada por nuestro subconsciente, y la frustración siempre termina en daño hacia uno mismo o hacia los más débiles que nos rodean.
Cruzar el puente de cristal, a pesar de críticas y rechazos, que no son fáciles de llevar, fortalece nuestras convicciones y la confianza en nosotros mismos. Nos hace mentalmente más fuertes, y nunca nos lleva al aislamiento y la soledad.
CONCLUSIÓN: ¿QUÉ HACER?
Lo que nos hace fuertes no es la traición, sino la reafirmación de nuestra auténtica personalidad. Y lo que nos hace fuertes es promover la libertad y la confianza entre las nuevas generaciones, no educarlas para que sean meros supervivientes o destacados (destructivos) actores. Hoy mismo se me comentaba que es una alegría no haber traído hijos en este mundo en el que hay que ocultarse para no ser herido. Pero la resignación solo lleva a un empeoramiento de la situación.
Si analizamos la historia, los grandes avances de todo tipo han sido realizados por personas sencillas muy idealistas, honestas y humildes. Personas que se enfrentaron al dogmatismo y el escepticismo con la fortaleza que da la convicción en unos sanos valores y propósitos. Ellos nos dan el ejemplo y la solución: la fortaleza reside en los valores, la honestidad, la humildad y la buena voluntad, entre otros. Lo contrario puede hacernos lograr grandes éxitos sociales, pero nos destruye por dentro.
El puente de cristal nos expone a ser dañados, pero es el mero hecho de adentrarnos en dicho puente como se afianza nuestra fortaleza y nuestra confianza. Optar por no cruzar el puente nos convierte en seres débiles, inseguros y vulnerables. El mero hecho de penetrar en él nos transforma en seres libres, fuertes y confiados. Más que un salto cuantitativo, damos un salto cualitativo en relación a la calidad de nuestra vida.
ALGO MÁS QUE LA ALEGRÍA DE VIVIR…
-
*“¡Quiero vivir! Las dulzuras*
*de los gozados placeres,*
*con hieles de padeceres*
*se toman del todo puras.*
*(…)*
*¡Quiero dejar de mí en pos*
*robusta y...
LA NAVIDAD ES DE LOS NIÑOS…
-
“porque a pesar de todo, por todas partes en todos los rincones del mundo
el amor brota de sus trincheras en Navidad” En “Y sin embargo” Lina Zerón
(México...