"Existe un mismo tiempo
para el nacimiento del máximo bien
y para el de su goce"
"Exhortaciones". 16.
Epicuro (341 a.C. - 270 a.C.)
Porque el alma humana se llena de placer y goza sin límites cuando es portadora y creadora del máximo bien. Y, al contrario, se atormenta sin remedio cuando en sus entrañas engendra el mal, el perjuicio, el dolor...
Porque nuestro espíritu se enciende maravillado cuando mira con ternura y trata con profundo afecto, o cuando tiende la mano y arropa la vida en su sencilla expresión. Y goza también del conocimiento y compartiendo su riqueza con otros seres -humanos o no- en sana y plácida entrega.
El egoísmo, el rencor o el odio tienen un fruto amargo para quien lo cultiva, porque dañan la vida ajena y, al mismo tiempo, destruyen la propia confianza y la propia paz. Con el daño infringido nos convertimos en deudores del perdón ajeno. Desplazamos el centro de gravedad de nuestra vida a seres ajenos.
Por el contrario, haciendo el bien -ese bien que sólo depende de nuestras decisiones y actos- cultivamos el frondoso árbol de la amistad y del afecto, fuente de todo placer. Nosotros cumplimos con nuestra parte del trato y la vida recompensa nuestra dedicación. Es entonces cuando nuestro bienestar depende sólo de nosotros mismos.
Solo en la paz de saber que no somos la razón del mal ajeno, y en la dicha de ser la razón de la alegría que nos rodea, encontramos la mejor de las excusas para vivir plácidamente. Solo cuando arropamos con nuestro cariño somos arropados por la vida, que se conjura para enriquecer cada uno de nuestros minutos. Y sólo el perdón nos libera del mal ajeno y propio, y nos permite disfrutar de todos los dones que encontramos a nuestro alcance. El camino se despeja...
Emilio M.
Homo Novus




