“Entre su alma y la de un niño
no había más diferencias que algunas cicatrices”
André Maurois (1885 – 1967)
“Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos,
el peso del silencio, ese arco, ese abandono,
enciéndeme las manos,
ahóndame la vida
con la dádiva dulce que te pido”
Idea Vilariño (1920 - 2009)
De ““Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos”
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| Maddalena che legge nel deserto Sisto Badalocchio Rosa (1585 - 1647) |
Sin embargo, no me dejo arrastrar por el pesimismo o la negatividad, pues hay muchos motivos en la historia de la humanidad para valorar movimientos sociales apasionantes. Como hay, en cualquier periodo histórico, numerosos personajes sabios, famosos o anónimos, que iluminan la vida. También ahora mismo, en este medio que tantos gratos y deliciosos encuentros me proporciona.
Para aliviar la ingrata sensación del último post publicado aquí, hoy vuelvo a traer hasta aquí uno de esos periodos apasionantes de la humanidad, del que tanto he escrito y hablado: el Renacimiento, desde su visión más humanista. Y lo hago de la mano de un filólogo y escritor, Pere J. Quetglas Nicolau (1952 - …) en su excitante descripción de los rasgos que definen al ser humano y a la época del Renacimiento.
Los rasgos de este nuevo hombre serían: 1) un temperamento ardoroso y entusiástico, que le lleva a afrontar empresas, en apariencia, superiores a sus fuerzas; 2) un insaciable deseo de saber, que le conduce necesariamente a la superación de fronteras lingüísticas, culturales y, también, religiosas; 3) una meditada actitud de rechazo contra la tradición que le lleva a discernir críticamente entre disciplinas científicas y pseudocientíficas, y a analizar y discutir todos y cada uno de los postulados que ofrecen las primeras; 4) la defensa del saber por el saber, una máxima de raíces antiguas, que es el estandarte de todo movimiento humanista.
Ese ardor y entusiasmo en el vivir, propio también de los niños, creo que es la seña de identidad más valiosa del ser humano, pero encauzada siempre a través de la pasión de saber, del espíritu crítico y del afán por crear y experimentar. Estos son los rasgos de los protagonistas del Renacimiento, que recuperaron el vigor de los clásicos, y la seña de identidad del más sano y bello humanismo. Su inspiración bien vale una vida…
“…y sentía tu alma frágil y humilde
como una lágrima vacilando en el borde de los párpados…”
Tristan Tzara (1896 – 1963)
De “Inscripción sobre un sepulcro”
“Si lo haces, sea lo que sea,
intenta llenarlo de incomparable pasión y belleza”
Emilio Muñoz
Emilio Muñoz
Homo Novus...
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(por The Choir of Trinity College Cambridge)
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