lunes, 7 de febrero de 2011

DE LOS MOMENTOS DE SOLEDAD Y SILENCIO: ENCONTRARSE CON UNO MISMO


"El hombre debe escucharse más a sí mismo,
en lugar de escuchar los acentos de la devoción de los demás.
Esas frases le son aún más nocivas mientras no haya dado con las suyas"

Ralph Waldo Emerson (1803 - 1882)


Es un hecho fácilmente constatable que el ser humano teme la soledad y el silencio (hablo de esos necesarios ratos de soledad y silencio, no del aislamiento de nuestras vidas). Ambas experiencias suponen algo así como la desnudez, el desamparo o la exposición a riesgos ancestrales, que ni siquiera llega a entender. Y, sin embargo, es en la soledad y en el silencio, donde el ser humano se encuentra a sí mismo, donde recupera su esencial disposición ante la vida, donde encuentra los rasgos más básicos y perennes de su carácter, y donde revive sus más sentidos sueños.

Muy al contrario de lo que se suele pensar, la soledad y el silencio no son el vacío o la nada: son el encuentro con uno mismo, pero el encuentro en lo más auténtico de uno mismo. En la soledad y en el silencio habla nuestro "yo" más profundo y verdadero. Ese encuentro debería ser un motivo de gozo y alegría, la celebración del reencuentro y de la recuperación de uno mismo. Así las cosas, la búsqueda de la soledad y del silencio debería ser tan habitual y gozosa como la búsqueda y el reencuentro con el amigo. De hecho, es la búsqueda de nuestro primer y mejor amigo: nosotros mismos. Por desgracia, ese primer y mejor amigo es, muchas veces, un gran desconocido: alguien a quien no solemos recurrir, cuando es, por naturaleza, nuestro mejor aliado.

Por desgracia, tenemos a la soledad y al silencio por ingratos compañeros que despreciamos y evitamos a toda costa. En realidad, con esta actitud, demostramos que queremos evitar encontrarnos con nuestro esencial "yo". ¿Por qué...? Muy sencillo. Porque ese "yo" nos recuerda nuestros verdaderos ideales -¡los difíciles de mantener!- y nuestras exigencias más nobles -nuestra nobleza, ¡tan dura de mantener!- y lo más doloroso para nosotros: lo mucho que nos apartamos de unos y otras, y lo mucho que nos traicionamos.

La soledad y el silencio, si son dolorosos y se rehúyen, lo son, precisamente, porque nos traen la angustia de la traición más amarga: la traición a uno mismo. No nos damos cuenta de que, en el esfuerzo de ser nosotros mismos, se haya nuestro más gozoso vivir. Por esta razón, debemos buscarnos con valentía y debemos hacer de la soledad y el silencio esa acogedora casa en la que compartimos nuestra vida con el protagonista principal de lo que somos y hacemos: ¡nosotros mismos! Con ello también va en juego nuestra felicidad.

Cuando nuestro vivir está en plena armonía con nuestro "yo" más profundo, los momentos de soledad y silencio están llenos de paz y gozo. Son nuestro refugio, el lugar donde nos recuperamos a nosotros mismo y donde curamos nuestras heridas. Siendo así, esos momentos no es que sean rechazados: es que son afanosamente buscados.

Emilio M.
Homo Novus

4 comentarios:

MORGANA dijo...

Precisamente,mi querido Emilio,ayer colgué una entrada y,eso es lo que estoy intentando hacer.Bucear en mi interior para hallar respuestas.
Un millón de besos.

Emilio M. dijo...

Pues debo aconsejarte, amiga mía, que abras bien los ojos, porque allí te encontrarás con alguien muy especial: tú misma, atemporal, esencial, auténtica...

Cuídala y dale un abrazo de mi parte. :)

Ruth dijo...

Es en ese recogimiento donde radica lo esencial de todo. Es el lugar donde hacer reajustes, donde hallar respuestas, y donde atajar muchos de los problemas que nos sobrevienen en nuestra vida diaria y que nos acarrean tanta infelicidad. Cuántas veces tratamos de conseguir una felicidad que al final resulta efímera fuera de nosotros mismos. Cuántas veces llenamos nuestra vida de cosas supérfluas con sus riudos, para acallar nuestra voz interna. Qué incómodo se nos hace escucharla. Si puediésemos deternos, prestar atención, parar en seco, desafiar la fuerza de la inercia cotidiana, y viajar hacia dentro en vez de hacia fuera, segurmente ya no nos harían falta ni máscaras ni disfraces para realizar el camino de la vida.

Qué difícil, pero qué sensato, llegar hasta nuestro epicentro y hacer que nuestra felicidad dependa de nosotros mismos y no de toda la vorágine que nos rodea; ser nosotros los dueños de nuestra propia vida, los auténticos protagonistas, y luego recrearse en el placer de compartirlo con los demás.

Maravillosa reflexión mi querido amigo.

Emilio M. dijo...

Tu lo has dicho, Ruth: "ser nosotros los dueños de nuestra propia vida, los auténticos protagonistas, y luego recrearse en el placer de compartirlo con los demás". Este el orden natural de las cosas. Crecer hacia dentro para poder crecer hacia fuera. Amarse generosamente a uno mismo para poder amar generosamente a los demás.

Y no es que sean aspectos independientes de nuestra vida, sino complementarios. Y se complementan de tal manera que el uno no es sin el otro.

El ser humano íntegro es el ser que se ha recorrido interiormente y exteriormente. Todo un equilibrio...

Gracias por tu enriquecedora reflexión. Y un gran abrazo.